Elementos del icono.
El icono tiene un arte propio. No es un arte figurativo. El arte se pone al servicio de una visión teológica, espiritual. Más que para admirar la obra, el icono se hace para hacer participar en el misterio que representa. Es un arte transfigurativo que pretende una comunión en el secreto de las cosas.
La perspectiva: es invertida. Las líneas de fuga no son hacia dentro, sino hacia afuera, hacia el corazón del que lo contempla.
El movimiento: se palpa la vitalidad del Espíritu, imprimiendo movimiento a las figuras.
La luz: hay siempre un fondo de oro o de luz. Y abunda la luminosidad, también el oro.
El color: el Espíritu, presente en el icono, se llama ritmo en las líneas, verdad en las formas, armonía y alegría en los colores.
El tiempo: trata de hacer al fiel contemporáneo al misterio que representa: el hoy de Dios.
El espacio: trata de expresar lo que dice un letrero de una Iglesia de Estambul: “He aquí la tierra de Aquel que es aterrestre, el límite del Ilimitado, el espacio de Aquel al que el espacio no puede contener”.
Los autores: son monjes, clérigos o laicos, de vida cristiana ejemplar. El icono es la materialización de su oración; es fruto de la vida contemplativa. Es por lo que el icono sólo puede ser comprendido y mirado con los ojos del espíritu. Mirarlo como un simple cuadro, es quedarse en la superficie. Se les pedía un estilo de vida austero y ejemplar. Cualquiera no era reconocido como iconógrafo. Son, además, gente con una inspiración artística especial. Hay una tradición iconográfica, unos módulos a los cuales son todos fieles. Los módulos principales son: el círculo, el cuadrado, el triángulo, la cruz...
Teología del icono.
Nuestro Dios es un ser escondido, oculto. “A Dios nadie le ha visto jamás” (Jn 1,18). Sus obras dan testimonio de Él y le reflejan de alguna manera. Pero no le pueden explicar. Él sigue siendo “el totalmente otro”.
Dios presente en nosotros y en todas las cosas, está velado tras los signos de su presencia: éste es el misterio central objeto de la inquietud de los hombres y de su búsqueda espiritual de siempre.
A lo largo de los siglos, en la Iglesia oriental cristiana, los creyentes han encontrado una forma de expresión del misterio: el icono. En la misma medida en que es pobre y reducido a lo esencial (una simple tabla de madera pintada) el icono nos entrega mejor su misterio. No atrae hacia él la mirada, sino mas bien la reenvía a la experiencia interior.
Jesús de Nazaret, el Cristo, un trabajador pobre, nacido de una familia humilde, perteneciente a un pueblo conquistado y despreciado es el “icono —imagen— del Padre”: “El es la imagen del Dios que no se puede ver” (Col 1,15). En Jesús Dios se ha hecho historia, se ha hecho visible y 1)11 pable. Por clic puede ser representado por la pintura. Esta teología dc la encarnación está en la base de la teología del icono.
En la Iglesia oriental, el icono es como un medio de la presencia divina: todo su valor está en que conduce a aquel a quien representa. El icono reenvía más allá de si mismo: pretende ser “lugar de la presencia”. Todo él invita a la contemplación.
Contemplando un icono en actitud orante, comulgamos con todo un pueblo que a lo largo de siglos y en la actualidad ora ante los iconos. Tal vez así también nos acercamos un poco a la piedad popular que, también entre nosotros, se sirve de imágenes para orar...