Agenda Parroquial

There are no upcoming events currently scheduled.
Ver Calendario completo
Añadir Evento

Registrarse






¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí

Estadísticas

Usuarios: 27
Noticias: 64
Enlaces: 0
Visitantes: 89594

Lo último

 
 
 
 
 
El sábado, 14 de junio, reunión ordinaria del Consejo de Pastoral Parroquial de nuestra parroquia, en el que se tratará: Evaluación del curso pastoral, Balance económico, Horario de Misas para el verano...
 
 
 
 
 
   
 
 
 
   
 
 
 
 
Jesucristo, Salvador universal [2] PDF Imprimir E-Mail
Escrito por El Párroco   
Tuesday, 16 de September de 2008

 Jesucristo, Salvador universal [2]

 Mons. Fernando Sebastián

 

Unidad y pluralidad

La tendencia a reconocer el pluralismo religioso como un valor por sí mismo, tiene su raíz en el relativismo y en el subjetivismo. Se piensa que Jesús no pudo decir ni hacer todo lo que la humanidad necesita oír y recibir, por eso hay que conceder a las demás religiones el valor y la categoría de realidades complementarias, que aportan algo nuevo sobre el cristianismo, y que pueden incluso resultar más aptas que el cristianismo para llevar la salvación a determinadas personas o en determinadas culturas, según los lugares y los momentos.

Esta afirmación, que parece tan respetuosa y tan comedida, no puede ser aceptada porque no es compatible con la afirmación fundamental de la encarnación del Verbo de Dios y el carácter divino de Jesucristo. En nuestra visión de las cosas, el valor universal del ser humano de Jesucristo no atenta contra la valoración real y justa de las demás realidades humanas (religiones, filosofía, técnica), sino que es de Cristo y por influencia real de Cristo de quien reciben el valor salvífico que puedan tener. Sólo la obra de Jesucristo introduce en nuestra historia una verdad absoluta, universal y última, que ilumina y santifica todo el ser de la humanidad, llegando a ser causa de verdad y de vida para todos los que vivan en comunión con El.

Por la fe, el cristiano se adhiere a Jesucristo, lo adora como Dios, y en comunión viva con El alcanza la posibilidad de conocer y adorar desde este mundo a la Trinidad de Dios, recibiendo con El el don del Espíritu, que perdona los pecados, nos hace ser hijos en el Hijo y vivir como hijos en la verdad y en el amor, creando en torno nuestro un mundo nuevo, diferente, que es ya inicio y signo del Reino de Dios.

La renovación, el “aggiornamento” del evangelio no consiste en añadir consideraciones, ni en retocar lo que parece excesivamente fuerte para la mentalidad contemporánea. La verdadera renovación consiste en buscar dentro de la propia tradición, en los orígenes apostólicos y cristianos de nuestra tradición, las verdaderas respuestas a las nuevas cuestiones aparecidas en nuestro mundo. No tenemos que salir fuera del mundo cristiano para encontrar la respuesta verdadera a las nuevas demandas que surgen continuamente en el corazón del hombre ante las nuevas situaciones creadas por él mismo, ante las nuevas posibilidades de existencia que él ha ido descubriendo y haciendo posibles. Los avances científicos y tecnológicos, la globalización, las
nuevas situaciones y los nuevos problemas de nuestro mundo nos remiten al tesoro inagotable de la humanidad de Jesús, prendida a nosotros por el testimonio de los Apóstoles y la memoria fiel de la Iglesia, para encontrar la manera cristiana de vivir en la verdad y en el amor estos nuevos repliegues de humanidad que se manifiestan ante nosotros.

Después de esta inmersión en el tesoro permanente de la Iglesia que es presencia de Cristo en su tradición viva y en su memorial fiel, podremos fácilmente encontrar las palabras más adecuadas para decir de la manera más simple y directa posible la permanente verdad del evangelio en su sencillez original. La fuerza de nuestro anuncio viene siempre de la raíz original que es la mente de Cristo, no de lo que nosotros podamos añadirle.

Las religiones y otras ofertas posibles

¿Qué ocurre con los muchos cristianos que han desertado de la Iglesia y del cristianismo, con los que nunca han sido miembros de la Iglesia católica ni han oído hablar de Cristo?

La solución está ya formulada con suficiente claridad en el Concilio Vaticano II. Toda persona que sigue fielmente su conciencia recta es ayudada por la gracia de Dios para llegar al conocimiento de la verdad, o por lo menos para que esté en condiciones de aceptarla cuando se le manifieste. Ateos, musulmanes, teósofos, si siguen fielmente los mandatos de su conciencia expresados en una doctrina que ellos consideran verdadera, o manifestados en su conciencia mientras buscan sinceramente el conocimiento de la verdad y el cumplimiento del bien, están en el camino de Cristo y de su Iglesia. La verdad conocida y el bien que ellos practican vienen de Cristo y no sólo del Verbo eterno, y están en relación con la palabra anunciada y los sacramentos celebrados por la Iglesia. Toda la acción salvadora de Dios sobre la humanidad está centrada en Cristo y está referida a su humanidad santísima, de El nos viene toda gracia y en El encuentran su plenitud todos los bienes de salvación que recibimos de Dios. Quien busca la verdad encuentra a Cristo. Esto que es cierto en todas las situaciones posibles, es más cierto y más fácil de entender en nuestros mundos, en los que la palabra de Cristo es mucho más accesible para quien la quiere buscar son sencillez y humildad.

Más difícil es, aunque no imposible, reconocer estos elementos de salvación en quienes apostataron de la fe cristiana, suficientemente conocida y vivida, y en quienes desertaron de la Iglesia después de haber pertenecido a ella, a no ser que hayan recibido escándalos tan fuertes que les hayan hecho perder de buena fe su confianza en el testimonio de la Iglesia y en la mediación de Jesucristo. Con razón, hay muchos autores que afirman que un cristiano no puede perder la fe inculpablemente. Nuestra fe se funda en el testimonio de Jesucristo y Jesucristo no defrauda a quien pone su confianza en El. Con frecuencia los argumentos de quienes se apartan de la fe, se quedan en anécdotas externas, verdaderas o falsas, de la vida de los cristianos, de los sacerdotes, de los Obispos, repetidas y adornadas por los medios de comunicación que militan a favor del laicismo. Tanto es así, que yo me atrevo a pensar que, más que el escándalo de los cristianos, cuya influencia no se puede negar, es la influencia de algunos medios de comunicación y especialmente la influencia de la cultura envolvente, cargada de subjetivismo y de relativismo lo que está en el origen de la multiplicación de las deserciones y apostasías y de la extensión de la increencia en nuestra sociedad.

No podemos entrar a juzgar la conciencia de nadie, que es únicamente patente ante Dios. Pero si podemos enunciar unos cuantos principios objetivos.
- Los que creen en Jesús y viven de acuerdo con su doctrina reciben la salvación de Dios.
- Los que siguen fielmente su recta conciencia sin conocer a Cristo ni a su Iglesia, están en el camino de Cristo y se salvan por el poder de su Nombre.
- Quienes en contra de una conciencia recta, no aceptan a Cristo, una vez conocido, o se apartan de culpablemente de El y de su Iglesia, si no se arrepienten de su pecado, no alcanzarán los bienes de la salvación.
- Toda la verdad acumulada por el hombre a lo largo de la historia y todo el patrimonio moral enunciado y vivido por los hombres justos, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, están en Cristo, son sustentados por El y alcanzarán su plenitud en El y por El en el momento previsto por Dios.

Jesucristo salvador del mundo

Viviendo en un mundo tan variado y fragmentado como el nuestro, es inevitable que los cristianos nos preguntemos ¿cómo podemos y debemos situarnos en nuestro mundo de acuerdo con estos principios?

Podemos pensar que el Espíritu Santo guía los esfuerzos de los hombres de buena voluntad que buscan salvación por el camino de la verdad y del bien. Todas estas adquisiciones de los hombres, asistidos por la gracia de Dios, a lo largo de la historia de los pueblos, así como en las diferentes culturas y religiones, tienen un valor de preparación evangélica, análogo al Antiguo Testamento y muchas veces relacionado con él. Por lo tanto podemos decir que el Espíritu Santo actúa y promueve ya los bienes de la salvación cristiana en los no cristianos , también mediante aquellos elementos de verdad y bondad presentes en las distintas religiones, o en determinadas adquisiciones culturales, aunque no se las pueda considerar como verdaderos caminos de salvación, pues hay en ellas lagunas, deficiencias y errores acerca de verdades fundamentales sobre Dios y la verdad del hombre.

En el discernimiento cristiano de las realidades culturales, no podemos buscar demasiadas claridades. No hay más que un mundo, el mundo de Dios centrado en Cristo, redimido por El, encabezado por El, iluminado y santificado por el Espíritu Santo que mana de su corazón abierto con el que nos ama a todos. En estos momentos es imposible saber cómo sería un hipotético mundo sin Cristo. Quienes creen en El y quienes le rechazan, todos están influidos por El aunque no sea más que negativamente. Quien cierra los ojos para poder decir que no hay sol, no deja de estar bajo su influencia inevitable. Fuera de la pertenencia visible y plena a la Iglesia de Jesús, hay muchas riquezas cristianas, fragmentadas, heridas, deficientes, pero portadoras de muchos bienes que proceden de la santa humanidad de Jesucristo, de su muerte y de su resurrección. ¿Quién puede decir que valores tan importantes como el valor supremo de la persona, la igualdad entre varón y mujer y la igualdad de todos los hombres, la esperanza de un final positivo de la historia, aunque sea con la mezcla de inconsecuencias y de errores, quién puede decir que todas estas adquisiciones de la humanidad, que son el fundamento de nuestra civilización, no son, incluso históricamente, consecuencias beneficiosas del cristianismo?

Es obligación nuestra saludar con alegría todo lo bueno, aunque se esgrima contra nosotros, acogerlo, favorecerlo, iluminarlo y llevarlo a su plenitud con la verdad y el Espíritu de Cristo. Debemos cuidarnos de no caer en los defectos de una minoría sectarizada. Seamos pocos o mechos, los cristianos sabemos que nuestra fe nos descubre la verdad del mundo y de la vida humana que es válida para todos los hombres, que salva y recupera el verdadero ser del hombre, tal como Dios lo quiere y como todos los hombres y mujeres lo añoran en su corazón. Por eso no podemos encerrarnos en pequeños círculos de adeptos, por eso no podemos dejar de comunicarnos con todos, por eso estamos en condiciones de hablar con todos, intentando mostrarles en la persona y en la doctrina de Jesucristo, lo que ellos mismos necesitan para entender su vida y avanzar en el camino de la verdad y del bien.

En medio de las dificultades que padecemos ahora los católicos españoles, no podemos dudar del valor universal y perenne de los bienes de la redención de Jesucristo. Por eso no podemos aceptar quedar relegados en el muestrario del pluralismo, como una de las posibilidades existentes, equiparable y equivalente a todas las demás. Es decir, tan inútiles como todas las demás. Los cambios culturales y sociales no alteran la realidad profunda del hombre en la que se albergan sus enemigos y a la que llegan la palabra y la gracia de Cristo con su gran poder sanador y santificador. Es verdad que la experiencia de poder, la sobrecarga de estímulos y entretenimientos, pueden cerrar el camino de la Palabra hasta el corazón del hombre durante algún tiempo, pero si Dios quiere que todos los hombres se salven, todos tienen que tener momentos de sinceridad y de autenticidad en los que estén dispuestos para escuchar el anuncio de la salvación. Es obligación nuestra saber esperar esos momentos de gracia y tener a punto los instrumentos adecuados para que no pasen en balde.

En consecuencia, a nosotros nos toca ofrecer con humildad y claridad a nuestros hermanos la palabra y los medios de salvación, sin caer en esa falsa humildad que ha llevado a algunos a decir que evangelizar es humillar, que el anuncio del evangelio a los no cristianos es agresivo y perjudicial, pues supone que en su situación rectamente mantenida no tienen elementos de salvación y por otra parte podemos alterar irreparablemente su buena conciencia. Esta manera de pensar y de sentir, vuelve a ser un síntoma de relativismo y de subjetivismo, y tiene que ser rechazada pues niega el valor objetivo y la necesidad del evangelio y de la mediación de Jesucristo, abandona en su error a los hombres de buena voluntad y retrasa el anuncio del evangelio y el advenimiento del Reino de Dios.

En la plenitud y en el valor universal de Cristo Jesús, tiene la Iglesia el tesoro permanente que debe ofrecer a todos los hombres. De El le viene su capacidad de entablar relaciones de diálogo y de salvación con todos los hombres, con todos los pueblos y todas las culturas de la tierra. De El recibe su condición de signo y sacramento de unidad entre todos los hombres, unidad con Dios y entre todos los pueblos de la tierra, para caminar hay una humanidad pacificada y unida, acogida a la paternidad de Dios recreada por Cristo en la unidad del Espíritu Santo, en la verdad y en el amor que nos vienen de Dios.

Algo semejante a lo que llevamos dicho sobre Cristo se puede afirmar de la Iglesia, mediadora indispensable de su presencia y de su actuación salvadora en el mundo. La Iglesia, mediadora de Jesucristo, que subsiste en la Iglesia católica, es necesaria para la salvación de los hombres, del mismo modo que lo es la relación de fe y de amor con la santa humanidad del Verbo encarnado. Con ella están relacionados todos los elementos de salvación que actúan en el mundo y solo en ella y por ella, en el nombre de Cristo, encuentran su plenitud.

Comenzamos diciendo que no hay más que un mundo, el mundo habitado por la gracia de Dios e iluminado con la palabra de Cristo. Ahora podemos decir que en este mundo no hay más que un camino de salvación para todos los hombres que es Cristo, quien por mediación de su Iglesia, está presente en todos los tiempos de la historia y en todos los lugares de la tierra. Es hermoso pensar que el Espíritu de Dios, por medio de la santa humanidad de Cristo y gracias a la mediación de la Iglesia, llega a todos los rincones de la tierra. Nadie vive ni muere en el mundo sin recibir la visita del amor del Dios de la gracia y de la salvación. Como es también hermoso que en esta gran obra de salvación y consumación universal que Dios persigue incansablemente en su providencia de salvación, por medio de su Hijo, en el que ha querido reencabezar todas las cosas, encuentran su lugar y su complimiento las mejores aspiraciones de los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, los pequeños o grandes atisbos de verdad que la humanidad va descubriendo en su larga peregrinación terrena, todas las obras buenas que en mil circunstancias diferentes nacen en los corazones de los hombres, hechos a semejanza del corazón grande y bondadoso de nuestro Dios.

+ Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo emérito de Pamplona-Tudela

Conferencia en el Curso “Jesús de Nazaret: entre la crítica histórica y la confesión cristiana”, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo
Santander, 1 de julio de 2008.

Modificado el ( Tuesday, 16 de September de 2008 )
 
< Anterior   Siguiente >
 
 
 
 
 

Encuestas

Conectados

Hay 10 invitados en línea